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EL ESTUCHE DE LAS PALABRAS

A DOS VOCES (La gastronomía de mi escritura)

A DOS VOCES (La gastronomía de mi escritura)

A mí me gusta mucha escribir cuentos o relatos partiendo de lo que otras personas me cuentan, sobre todo si son cosas que pasaron hace tiempo y es una persona mayor quien me lo dice.

Tras haberla escuchado atentamente, le doy vueltas y más vueltas a la historia o anécdota en mi cabeza, como si ésta fuera una batidora.

Y luego echo los ingredientes a "mi estilo": pongo un mucho de imaginación, reinvento lugares y personajes a través de descripciones enriquecidas con adjetivos y figuras literarias (comparaciones, metáforas, juegos de palabras...), añado otros elementos que le den mejor sabor y quito los que menos me gusten.

Una vez que todo está batido y cocinado, lo paso a un primer plato (folio) donde lo pruevo y lo repaso muchas veces hasta dejarlo plenamente a mi gusto. Y sólo entonces lo traslado a la bandeja definitiva (en folio u ordenador) que ofreceré a mis invitados, a mis lectores.

A todo este proceso yo le llamo "A dos voces": porque, partiendo de la voz que he escuchado, reconstruyo inicios, trama y desenlace añadiendo mi propia voz antes de dárselo a los demás-

Te invito a que tú hagas lo mismo: busca a alguien (mejor una persona mayor) que te cuente una historia o anécdota, trabájala dándole vueltas en la batidora de tu cabeza, reconstrúyela con el lujo de tus mejores ingredientes... poniéndole la otra voz. Prueba (corrige) una y otra vez. Después, sólo cuando esté a tu mejor gusto, dársela a leer a los demás.

¡Verás qué gusto! Que aproveche.

José Román

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16 comentarios

Ruben García Muñoz -

“A DOS VOCES”

Había una vez una persona llamada Bartolomé. Bartolomé es mi abuelo y además le tengo mucho cariño y estoy seguro de que no habrá nadie como él. Debido a que pasaban mucha hambre, él y su hermano Sebastián, mientras que iban caminando por un campo, se llevaron de él, maíz porque no tenían nada para comer. Cogieron un saco, pesaba tanto que no podía con él. Detrás de ellos iba la policía que los iba a apresar y castigarlos duramente. Entonces mi abuelo corrió y corrió todo lo que pudo para escapar de estos hasta que se librara. Estos policías insultaron a mi abuelo y a su padre y entonces dio la vuelta y se tiró trás de ellos. Al correr mi abuelo detrás de los policías dieron media vuelta y se fueron porque le daba miedo que mi abuelo y su hermano Sebastián le pegara. Estos dos policías llamaron corriendo a muchas patrullas para que entre todos pudieran detener a Bartolomé. Llegaron unos cincuenta policías y se enfrentaron a Bartolomé y a su hermano Sebastián. Pero Bartolomé no pensó en irse corriendo, así que cogió todos los granos de maíz que cogieron de ese campo y empezó a tirárselos a los policías que los perseguían. Aunque tiraron muchos granos de maíz no consiguieron librarse de todos, así que cogió un rastrillo y con el le incó una diana y Bartolomé le empezó a dar vueltas a la diana y consiguió hipnotizar a todos los policías y les dijo que volvieran al cuartel. Los policías se fueron y mi abuelo se fue con su hermano con el saco de maíz. Él se fue muy contento.

Noelia Cazalla Millán 6B -

Más o menos en el año 1984 entre una aldea llamada San Roque y la Linea había un campamento que se llamaba “Grupo Sam” (cuartel de misiles), en el que se hacía la Mili.
El campamento estaba rodeado por una muralla y dentro había muchos árboles, casillas y el calabozo.
En el cuartel había por lo menos unas mil personas.
Un día llegó un hombre llamado Rodrigo al campamento, que tenía veintiún años.
Él era moreno, alto, delgado y de ojos negros.
También era simpático, miedoso, responsable y bondadoso.
Pasado unos cuántos días el jefe empezó a explicarle todas las normas que había allí y cosas importantes.
El primer día de soldado fue la disciplina, que se le daba regular.
El segundo día empezó a hacer gimnasia y aprender a agacharte y todo eso.
El tercer día le enseñaron a disparar con puntería y correctamente.
Siguiendo los días aprendiendo y practicando las cosas de soldado, el día veintiuno de Enero por la noche, él estaba haciendo guardia y a todas las personas que entraban al campamento Rodrigo le tenía que decir: “Alto y Seña”, y a todas las personas que les decía eso, le tenían que decir la contraseña, por ejemplo: “Azul”.
Siendo así Rodrigo estaba de guardia y se veía una sombra y se escuchaban pasos.
él decía:
¡Alto y Seña!
¡Alto y Seña!
Y esa sombra no contestaba. Rodrigo estaba muy asustado y él que estaba temeroso y nervioso, empezó a disparar a esa sombra.
Le disparó siete tiros y cuando vio lo que era esa sombra.....................
¡Era una vacaaaaaaaaaaa!
Los siete tiros..., no falló ni uno, todos estaban disparados en la vaca.
Al día siguiente el dueño de la vaca se dio cuenta que estaba en el campamento y fue a por ella.
Cómo Rodrigo la mató el dueño se la regaló para que comieran todos y el jefe del campamento le dio una medalla de oro a Rodrigo por no haber fallado ningún tiro.

María José Aguilera 6ºB -

A DOS VOCES

Ërase una vez, un abuelo llamado Domingo, él es alto y delgado, tiene boca y orejas grandes al igual que la manos. Sus cejas se juntan por encima de los ojos y éstos cambian de color, como un camaleón durante el día. Aunque es delgado, tiene una barriga muy gordita. Él es muy simpático, amable y gracioso porque cuenta muchos chistes y otras cosas. A él le gusta inventar y construir. Cuando iba a la piscina, vio que los niños más pequeños estaban llorando porque querían meterse en el agua y así todos los días. Hasta que llegó un verano muy caluroso y a Domingo se le ocurrió hacer un objeto blando, de un solo color y de todos los tamaños, grandes y pequeños. Y al final, lo terminó y se lo regaló a los niños que había en esa piscina. Los niños empezaron a tirarse a la piscina agarrados a ese objeto blandito que les había regalado Domingo y vieron , con gran sorpresa, que no se hundían. Y así es cómo inventaron el flotador.

Almudena Barranco Fernández -

Nadie sabe lo que puede haber en el interior de los escalones de unas escaleras. Puede que no viva nadie en el interior de las escaleras. Pero las escaleras de mi abuela son especiales, y mi primo Antonio sí sabe lo que hay dentro de ellas.
Mi abuela le estaba cambiando el pañal. Cuando terminó, bajó las escaleras. En realidad, no las llegó a bajar del todo, sino que resbaló. Entonces, mi abuela se agarró a la baranda, como un chimpancé a un árbol, para no aplastar a mi primo.
Mi tía Elisa, fue a ayudarle, y sus pulsaciones subían cada vez más:
¿Dónde está mi sobrino Antonio?
No lo sé... Hace un instante estaba en mis brazos-. Le responde mi abuela.
Antonio, según él, no sabe cómo llegó hasta donde llegó.
Era un lugar maravilloso, en el que abundaban cuerpos geométricos. Éstos vivían en las escaleras, que era donde estaba mi primo.
Vio a un grupillo de cinco poliedros regulares: Atríado, era un tetraedro. Empanado, era el cubo. Empicado, era el octaedro. El dedocaedro, se llamaba Pántagor, y el icosaedro, Demás.
¡Eh, tú! ¿Quién eres?- Preguntó Demás a Antonio.
¡Eso digo yo!- Alzó la voz Atraído. Y luego, Empanado, Empicado y Pántagor le siguieron abucheando:
¡Ni te atrevas a dar un paso más! ¿Es que no sabes que aquí mandamos nosotros?
Y sin dejar contestar todas sus preguntas, comenzaron a perseguirle. Antonio huyó, hasta que encontró una casa con forma de cilindro. Cuando todavía no había llegado a la casa, ya iba gritando:
¡Por favor, abridme la puerta! ¡Me están persiguiendo un grupo de poliedros regulares!
Hizo bien en avisar antes de tiempo, porque cuando llegó, la puerta ya estaba abierta.
Dentro de la casa-cilindro todos estaban rodando, para un lado y para otro, porque eran esferas.
Antonio, le preguntó al que parecía el jefe, que por qué le perseguían. Y Aportodo, el padre de la familia esférica, le contestó:
Geometrilandia está invadida por estos cinco poliedros regulares: Atraído, Empanado, Empicado, Pántagor y Demás. Se encargan de fastidiar a personas humildes y trabajadoras. Y desde hace tres años aproximadamente sobrevivimos aquí, en nuestra casa-cilindro.
A Antonio le fastidió que cinco vulgares poliedros regulares llegaran a Geometrilandia como si nada, a fastidiar.
Antonio, preguntó a todos en general:
¿Geometrilandia tiene alcalde, rey, gobernador o...?
No, no tenemos.- Interrumpió una vocecilla esturreada por ahí. Antonio siguió hablando muy convencido:
No pasa nada. ¿Sabéis cómo puedo volver a mi mundo para solucionar las cosas?
Y la vocecilla le volvió a contestar:
Es muy fácil. Tienes que amarrarte a esta barandilla, igual que lo hiciste para llegar hasta aquí.
Las esferas sabían cómo llegó, porque era la única manera de hacerlo.
Antonio apareció a la misma velocidad que la luz, en la casa de mi abuela.
¿Qué te ha pasado? ¿Dónde has estado?- Lo ahogaron con tantas preguntas, que casi se le olvida lo que iba a hacer.
Fue a su habitación a realizar un muñeco:
la cabeza, una esfera, el cuello y el tronco de prisma, los brazos de pirámides y las piernas cilindros.
Bajó media escalera, y se volvió a agarrar en la baranda. Apareció de nuevo en la casa-cilindro.
Salió de la casa y puso el muñeco en un poste. El muñeco comenzó a relucir demasiado, así que los demás cuerpos geométricos y Antonio se protegieron cerrando los párpados. Cuando abrieron los ojos no había rastro de poliedros regulares. Antonio había creado un muñeco de cuerpos geométricos, que defendería a los geométricos.
¿Que cómo cobró vida el muñeco?
Todo cuerpo geométrico que entra en este mundo, el de las escaleras, cobra vida.

No -

Más o menos en el año 1984 entre una aldea llamada San Roque y la Linea había un campamento que se llamaba “Grupo Sam” (cuartel de misiles), en el que se hacía la Mili.
El campamento estaba rodeado por una muralla y dentro había muchos árboles, casillas y el calabozo.
En el cuartel había por lo menos unas mil personas.
Un día llegó un hombre llamado Rodrigo al campamento, que tenía veintiún años.
Él era moreno, alto, delgado y de ojos negros.
También era simpático, miedoso, responsable y bondadoso.
Pasado unos cuántos días el jefe empezó a explicarle todas las normas que había allí y cosas importantes.
El primer día de soldado fue la disciplina, que se le daba regular.
El segundo día empezó a hacer gimnasia y aprender a agacharte y todo eso.
El tercer día le enseñaron a disparar con puntería y correctamente.
Siguiendo los días aprendiendo y practicando las cosas de soldado, el día veintiuno de Enero por la noche, él estaba haciendo guardia y a todas las personas que entraban al campamento Rodrigo le tenía que decir: “Alto y Seña”, y a todas las personas que les decía eso, le tenían que decir la contraseña, por ejemplo: “Azul”.
Siendo así Rodrigo estaba de guardia y se veía una sombra y se escuchaban pasos.
él decía:
¡Alto y Seña!
¡Alto y Seña!
Y esa sombra no contestaba. Rodrigo estaba muy asustado y él que estaba temeroso y nervioso, empezó a disparar a esa sombra.
Le disparó siete tiros y cuando vio lo que era esa sombra.....................
¡Era una vacaaaaaaaaaaa!
Los siete tiros..., no falló ni uno, todos estaban disparados en la vaca.
Al día siguiente el dueño de la vaca se dio cuenta que estaba en el campamento y fue a por ella.
Cómo Rodrigo la mató el dueño se la regaló para que comieran todos y el jefe del campamento le dio una medalla de oro a Rodrigo por no haber fallado ningún tiro.

Miguel José Martos Ortega -

Esta es la historia que me ha contado mi abuela: cuando ella era pequeña, estaban jugando a los retos, entonces le dijeron:
Eh, Pepa. A que no eres capaz de tirar una naranja a ese señor.
No me gusta hacer cosas malas.
Venga, pero si es para divertirnos.
Si es así...
Mi abuela entonces, tiró la naranja que fue a para a la cara de aquel señor. Todos salieron corriendo porque si se quedaban allí iban a tener muchos problemas. Mi abuela se arrepintió y fue a pedirle a aquel señor perdón. Una vez que el hombre le perdonó, mi abuela pensó que era hora de que sus compañeros probaran de su propia medicina. Aquel anciano llamado Jacinto José era bastante alto, narigudo y bastante relleno. Le dijo que quería gastarles una broma pesada pero quería que Jacinto participase en el bromazo del siglo. Fue entonces cuando mi abuela fue a buscar a sus tres amigos que se llamaban Juan, Pedro y Nuria para que supieran que aquel anciano estaba enfadado porque sabía que vosotros fuisteis los causantes de que yo hiciera aquella barbaridad. En ese momento sus compañeros se quedaron en blanco y empezaron a asustarse por segundos. Pensaron que no pasaba nada porque no volverían a pasar por delante de la casa de Jacinto. Pero, un buen día quedaron todos en la plaza y Pepa no apareció, entonces pensaron que aquel anciano estaría regañándole y Pepa estaría llorando ahora mismo. Por eso fueron a casa de ese señor a buscar, entonces oyeron a Jacinto regañando a alguien, ¡a Pepa! así que los amigos entraron dentro de la casa y entonces vieron a Jacinto reír señalándolos.
¿Que ha pasado aquí? - dijo Juan.
¡Nada, os hemos tomado el pelo como a unos pardillos y habéis picado!
Así que todo era una broma para hacernos comprender que hacer tonterías no está bien. - dijo Nuria.
Si – dijeron Pepa y Jacinto a la vez.
Así que Pepa, Jacinto y sus amigos ya no se pelearon más y fueron unos fantásticos amigos.

Mª José Oriola Sanchéz -

“A DOS VOCES”

Ana Teresa era una chica muy guapa y extrovertida.
Vivía en un pueblo llamado Menomequi, situado cerca de Córdoba capital.
Un día por la noche tuvo un sueño muy extraño.
Soñó que estaba con su padre Jonatan jugando en un inmenso parque lleno de flores y frutos secos.
El parque se llamaba “E.D.A” significa “Entretenimiento, diversión y alegría.”
Allí siempre estaba la alegría en la cara.
Pero un día llegó un niño llamado “Roberto” era un niño muy mal criado.
Su familia era una pandilla de gamberros.
Ana Teresa y su padre Jonatan vieron a Roberto sentado en un banco sucio y estropeado.
Ellos se acercaron a Roberto y le dijeron:
-¿Qué te pasa? ¿Por qué estás triste y desanimado?
-Porque mis padres no me dan cariño y no me quieren. -Le contestó Roberto.
-¿Dónde viven tus padres?
Y el contestó:
-Mis padres viven en la calle “Santa Amalia” Nª 125.
Ana Teresa y su padre fueron a la casa de Roberto y se quedaron sorprendidos, la casa estaba muy vieja y estropeada, todo estaba roto.
Ellos tocaron a la puerta y salio el padre de Roberto, estaba sucio y descuidado, se llamaba Miguel y era un borracho y le dijo Miguel:
-¿Quiénes sois y qué quéreis?
Y le contestaron:
-No importa quiénes somos, sino que por qué no le das cariño a tu hijo.
Desde ese momento se dio cuenta de lo poco que valoraba a su hijo.
Asi que todos juntos tenían la alegría en la cara.
Al despertarse, Ana Teresa se dio cuenta que los sueños se pueden hacer realidad.

Nacho Torralbo Martínez 6ºA -

Esta historia trata sobre una familia que vivía en una granja que se encontraba cerca de un gran bosque. En ella tenían algunos animales como vacas, gallinas, cerdos, lo típico de una granja. En la granja toda la familia tenía un trabajo asignado incluso Jorge y Javier, que eran los hijos de esta familia. Tenían diez y doce años por lo que acababan de entrar en la edad del pavo; siempre estaban gastando bromas e ideando ciertas fechorías aunque también le echaban una mano a su padre, Julián.
En la granja había una vaca llamada Mocha que era muy querida por los niños porque era muy mansa y dejaba que la ordeñasen y un día al despertarse por la mañana oyeron que su padre les llamaban diciéndoles que bajasen rápido que Mocha estaba a punto de dar a luz a un ternerillo. En cuanto bajaron siguieron las órdenes que les daba su padre para que el parto saliera bien. Cuando los chavales iban a arrimarse a ver el parto, Javier se tropezó con una piedra, se escurrió y se calló encima de la pocilga del cerdo. Se llenó toda la espalda. Todos estallaron a carcajadas. Javier se enfureció mucho y se fue sin decir nada hacia el bosque y sin ni siquiera ver por donde caminaba:
¡Espera, Javier, que era una broma! –dijo su hermano
¡Dejadme de una vez, so tontos, estoy hasta el colmo de vuestras bromas! –le respondió
Mejor déjalo que se le pase el enfado y luego nos disculpamos ¿De acuerdo? –dijo su padre
Vale
Javier se adentró en el bosque y se topo encontró un arroyo que aprovechando que estaba como los chorros del oro utilizó para lavar su vestimenta. Más tarde notó que estaba hambriento y entró en una cueva en la que había una cesta con frutas, que suponía que se habían dejado algunos campistas despistados.
Su familia esperó un rato a ver si volvía pero esperaron y esperaron y se pasó la media mañana, el almuerzo, la merienda y era de noche y todavía no volvía así que decidieron salir a buscarlo. La noche haría más difícil la búsqueda pero no se rindieron. Lo buscaron y lo buscaron hasta que lo encontraron. Lo hallaron acostado encima de una cama que el había hecho con hojas y una almohada hecha con su ropa pero no pasaba frío porque estaba arropado con una manta que había allí tirada y al lado de una hoguera. Estaba durmiendo así que lo cogieron lo llevaron a cuestas como a un bebe y lo acostaron en su cama sin que se diera cuenta. Luego pasó la madre por su cuarto lo besó y dijo en silencio:
- No te gastaremos más bromas si no te gustan. Buenas noches Javier.

Francisco García de la Torre 4ºB -

“ADIOS, CANARIO”
Hace cuatro años mi primo Javier me regaló un canario rojo de nombre Juanito. Juanito tenía el pico largo y las alas como las granadas. Un día a Juanito lo saqué al sol y un gato de la vecina de enfrente saltó el tejado y se introdujo en la terraza. Allí se encontró a Juanito en el interior de su jaula y colgado en la pared. Se abalanzó sobre él y, dándole un fuerte zarpazo, tiró la jaula al suelo y lo mató.
Cuando lo vi grité con furia:
-¡¡Maldita sea el puñetero gato!!
Entonces cogí al gato, se lo lleve a la vecina y lo solté empujándole.
Luego me fui furioso a mi padre y le dije:
-Que yo no lo vea más, que lo tiro por la ventana.

José Fernandez Fernandez 4ºB -

A DOS VOCES

Un domingo por la mañana mi abuelo le dijo a sus hermanos:
-¿Nos vamos a jugar?
-Sí. Vamos a jugar
Mi abuelo, por cataollas, cogió una bala que se encontró cuando estaban jugando y con ella se cortó dos dedos de la mano.
-Mamá, mamá, mis dedos -fue gritando y llorando a mi casa.
Y es que había cogido una bala de la guerra y con ella se había cortado. Tuvieron que ir corriendo al hospital de Jaén. Si tardan un poco más de tiempo se muere, porque estaba perdiendo mucha sangre. Pero como allí le operaron mal le volvió a salir sangre y se tuvieron que ir para Sevilla para que le operasen otra vez. Allí le pusieron una denuncia al hospital de Jaén por haberle operaron mal. Desde entonces mi abuelo no ha vuelto a tocar nada de lo que ve en el suelo.

Pero a uno de sus hermanos sí le ocurrió otra cosa por jugar como no debía que jugar. Cogió una piedra, la tiró para arriba, le dio en la cabeza y le salió un chichón de cinco centímetros. Pero él no escarmentaba y no paraba de coger cosas del suelo, tirarlas para arriba y darse porrascazos en la cabeza.
Un día le dijo uno de los hermanos a mi abuelo:
-Toma la pelota.
-¿Qué pelota?
Y en vez de echarle una pelota, le echó una piedra en la cabeza. Y se lo dijo a su madre :
-Mamá, el hermano me ha tirado una piedra en la cabeza.
Y por culpa de su hermano Miguel, que tiraba piedras al aire y las paraba con la cabeza, se dice cuando estás aburrido “tira piedras al aire y páralas con la cabeza”. Porque eso es lo que hacía su hermano Miguel
Después de la guerra encontró otra bala mi abuelo. La vio y la iba a tocar, pero al final no la tocó. Pero sí la cogió uno de su hermanos, Francisco, y a él le reventó la mano. Un poco más y se muere por culpa de la bala de aquella guerra tan mala que hubo.

Natalia Lérida García 4ºB -


LA DECEPCIÓN

Cuando mi abuelo era pequeño, tenía la ilusión de hacer la primera comunión con traje de marinero. Pero su familia era una pobre, humilde y con pocos recursos económicos. “En los años cincuenta aquella ilusión mía era casi inalcanzable, con lo cual empecé a trabajar por las tardes en un tejar que era propiedad de unos tíos de mi abuelo. En aquel trabajo ganaba cincuenta pesetas al mes. Pero era un trabajo nada más que de verano, de junio a septiembre, que se acababa si se ponía a llover. Y como llovíó, no pude conseguir el valor de aquel traje”.
Mi abuelo sufrió una decepción y se quedó muy triste. Su madre lo animaba con palabras muy bonitas, como estas:
-No te preocupes hijo mío, Dios está en el cielo y él también era muy pobre y comprende que tu ilusión algún día será recompensada”
Y efectivamente, mi abuelo ahora es muy feliz con sus cuatro hijos y sus siete nietos que son la alegría de su vida. Pero la primera comunión la hizo con un traje gris. Y le decía su madre:
-¡Este traje te servirá también para salir los domingos y festivos!

Su segunda ilusión era tener una bicicleta. Pero como costaba doscientas pesetas, también era inalcanzable. Y tuvo que volver el año siguiente a trabajar en el tejar de sus tíos. Al terminar la temporada, con lo que había ganado y su padre que le dio el resto, sí se compró la bicicleta.
La bicicleta era negra, marca B.H, con el sillín también era negro y el manillar cromado como los radios. Mi abuelo la cuidaba muy limpia y en buen estado. Esta bicicleta la ha mantenido en casa de sus padres hasta hace poco tiempo que, por una modificación de obra en dicha casa, desapareció, llevándose por esto un gran disgusto.







Julian Torres Fuentes 4ºB -

LOS PELOS DEL DINERO

Mi abuela María siempre que iba a casa de su abuela le encontraba dinero en el pelo. Como su abuela estaba ciega no sabía donde meterse el dinero, y siempre que María iba a peinarla lo encontraba escondido en su pelo, se lo cogía y con el dinero se compraba juguetes y chucherías. Mi tatarabuela no sabía nada.
Pero un día de verano tuvo mucho calor y se cortó su mata de pelo, negro y largo. Cuando María fue a peinarla aquel mismo día. no encontró nada de dinero y tampoco podía peinarla como antes porque en la peluquería le habían dejado el pelo muy corto.¡Estaba calva! María se dio cuenta de que había desaparecido del pelo de su abuela el dinero. Mi abuela fue a la peluquería donde le habían cortado el pelo a su abuela y el peluquero que estaba allí dijo:
-¡Hola! María¿Qué buscas?
-El pelo de mi abuela que le cortaste tú -dijo María.
-Se lo llevaron. Si lo quieres, mira en el camión ese, antes de que se lo lleven -dijo el peluquero señalando al camión que había en la calle.
Mi abuela María fue corriendo al camión de la basura. Fue muy corriendo, pero su esfuerzo no sirvió de mucho porque el camión arrancó antes de que llegara María. Llamó a un taxi y fueron detrás del camión todo el rato. Cuando llegó el camión al vertedero y descargó la basura, mi abuela se bajo del taxi y empezó a mirar por todos los sacos hasta que el hombre responsable del vertedero dijo:
-Chiquilla ¿qué buscas?
Mi abuela se lo explicó todo al hombre. El hombre, que había comprendido todo lo que le había pasado a mi abuela de María, le dijo:
-No te preocupes, te ayudaré a encontrar el dinero de tu abuela.
Entre los dos revolvieron cielo y tierra. Pero por fin encontraron el pelo clavado en la intensa, marrón y dura tierra, como si fuesen agujas clavadas en el cojín. Entre el pelo negro y brillante encontró el dinero. Se puso tan contenta que por poco se desmaya de la alegría que le entró en el cuerpo. Cuando llegó a su casa la abuela se cabreó y la castigó por haberle estado quitando el dinero tantas veces.

Juan José Criado Polaina 4ºB -

LA ROPA “ROBADA”

En los tiempos de antes había mucha hambre porque no había dinero y hacia poco que se había pasado una guerra.
Mi abuelo me ha contado una historia. Dice que, cuando él era un chiquillo, trabajaba en el campo con sus hermanos y su padre, mi bisabuelo. El trabajo que él hacía era guardar ganado en un cortijo. Su padre y sus hermanos se iban a espigaren el mismo campo. Ellos se levantaban muy temprano, sobre las cinco de la madrugada. Cuando se levantaban, cada uno se ponía su ropa y sus botas. Siempre la misma ropa y las mismas botas, porque no tenían otra ropa que ponerse. Su madre por la noche se la lavaba, para que cuando se levantaran la tuviesen limpia. Cuando la lavaba, la tendía en unos tendederos de guita que había en la puerta.
En el pueblo, nadie robaba nada. Todos los vecinos eran muy conocidos y se llevaban como si fuesen todos una familia.
En el tiempo de la aceituna vino gente forastera para trabajar en la recolección. Era gente muy pobre. Mi abuelo tuvo un poco de mala suerte. Un día, cuando se levantó su madre como de costumbre, fue al tendedero, donde tenía la ropa tendida y se llevó una sorpresa, pero mala. A su hijo (o sea, a mi abuelo) le habían quitado la ropa del tendedero. Su madre entró gritando:
-¡Antonio, Antonio, que se han llevado la ropa del niño!
Mi abuelo, que oyó a su madre, le dijo:
-Más falta le hará al que se la ha llevado.
Su madre, tan preocupada y cabreada, le saltó:
-¡Pero hijo de tu madre, tú ahora no tienes que ponerte!
Esta historia la cuenta mi abuelo mucho, cuando nosotros no sabemos la ropa que nos vamos a poner de tanta que tenemos.
-Ponte los vaqueros y la camiseta roja -nos dice la madre.
Nosotros no queremos ponernos eso, y una madre,ya tan cabreada, nos dice:
-¡Teníamos que estar en los tiempos de antes!
Yo le pregunté:
-¿Por qué?
Entonces no había tanto dinero ni tanta ropa.
Una vez que lo piensas, uno mismo se da cuenta de lo bien que vivimos ahora.
Nosotros, los niños, no trabajamos porque vamos a la escuela. Tenemos ropa, juguetes, dinero, ordenadores, y todos los gustos.
Y todo eso sin trabajar. Y encima gruñimos y nos quejamos por todo.
Mi abuelo dice, que ojalá nunca lleguemos a los tiempos de antes, para que a nosotros no nos falte de nada.

Francisco Garcia de la Torre 4ºB -

LOS TRES CASTIGOS

Era un día de verano, caluroso y agotador. Mi padre, Cayetano, iba con mi tío Cristóbal a realizar tareas del campo. Una vez en las olivas, decidieron coger unas sandías. Se fueron y cruzaron el río con un burro que llevaban. Cuando estaban cruzando el río, a mi padre se le ocurrió darle con la mano al burro y éste, al asustarse, dio un gran salto y tanto mi padre como a mi tío se cayeron al río. A continuación tuvieron que recoger todas las sandías que se esparcieron en el río y, cuando llegaron a la casa, su madre les echó un castigo: los dejó tres meses sin jugar al fútbol. Cuando le dijeron eso, dijo mi padre:
-¡Qué mala suerte hemos tenido! Cuando pasaron los tres meses del castigo pudieron seguir jugando al fútbol. Pero enseguida los volvió a castigar porque los mandó a comprar patatas y pan y se gastaron el dinero en chucherías. Cuando volvieron a casa y mi abuela les pidió la compra, ellos no la tenían. Les castigaron sin poder jugar con sus amigos.
Un día se escaparon del colegio junto con sus amigos. Creyendo que mi abuela estaba en su casa, entraron a la tienda a comprar una bolsa de patatas y unos refrescos. Pero mi abuela estaba dentro y, cuando los vio, los cogió de la oreja y los llevó otra vez al colegio. Y de nuevo los volvió a castigar.

María Plazas Cazalilla 4ºB -

UNA GRAN AVENTURA EN LA MEJOR RADIO


Era la hora de acostarme. Aquella noche llovía tanto, que más deprisa no se podía y hasta había truenos. Yo, un poco asustada, le dije a mí padre, que estaba viendo la televisión:
-Papá, por favor, ¿me puedes acostar, que mi cama blanda y esponjosa me está esperando?
-¡Claro, María! Ya voy...¡Gol! ¡Bien! -dijo mi padre por el gol que había metido su equipo.
-¡Por fin! -dije yo, viendo a mi padre contento
Por fin acabó el partido.
-Papá, ¿me puedes contar alguna historia que te haya pasado? - le dije, cuando ya estaba en la cama y antes de dormirme.
-Sí. Te voy a contar una- -, me contestó.
Así empezó:
“El primer día de primavera dijo la maestra:
-Mirad y atended. He elegido a tres niños para hablar en una radio. A esos tres tendréis que votarlos y el que más votos tenga gana. Los voy a decir: Emilio (mi padre) Juan y Manolo.
Los chicos y chicas empezaron a votar.
-Ya tengo el elegido. Es...¡Emilio!
Emilio estuvo en la la radio. ¡Fue una aventura impresionante! Emilio, muy feliz, habló y se lo pasó genial”.
Mi padre terminó de contarme su historia y ... ¡yo ya estaba dormida!
-¡Buenas noches!, -me dijo dándome un beso.

Obdulia Cristina Medina Iñiguez 4ºB -

EL LEÑADOR POBRE


Cuando yo tenía cinco o seis años iba con mi abuelo, que era el guarda de una finca. Y como mi abuelo estaba medio ciego, yo le decía:
-Abuelo, por allí viene un hombre con un burro, por la loma de Jaén.
-¿Para dónde ha tirado? -dijo mi abuelo.
-Niño, yo ya sé a dónde va ese hombre.
Y cuando pasó un tiempo, nos montamos en la burra que se llamaba Pulia. Llegamos donde estaba el hombre cortando leña y le dice mi abuelo al leñador:
-Te tengo dicho que no vengas aquí a por leña, que esta es mi finca. Venga, carga la leña que la vamos a llevar al cortijo.
Y cuando llegamos al cruce del camino, cogió el hacha y el hocino de cortar la leña y le dijo:
-Toma el hacha y el hocino y vete a tu casa con la leña. Y no vuelvas más a coger nada de mi tierra.

Cuando yo tenía veinte años, ya mi abuelo se había muerto.
Un día encontré a aquel leñador en un pueblo que se llama Montejícar, y me dice el hombre:
-Muchacho, ¿tú de dónde eres? Que te he visto dos o tres veces.
Y respondí:
-Yo soy de Campillo de Arenas.
Y el hombre contestó:
-Yo conocí a un hombre de ese sitio que era el guarda de la finca de Santa Lucía, de la marquesa de Senda Blanca ... ¿ Tú eres el niño que iba con el guarda?
-Sí, aquel guarda era mi abuelo.
Y el leñador me quiso comer a besos.
-Yo , gracias a tu abuelo guarda, crie siete hijos que no tenían que echarse a la boca nada más que lo que yo sacaba con la leña que me llevaba de la finca.
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